Por María Teresa Larraín
Es para mí muy difícil separar a la Maura amiga, de la periodista, editora, y muy en especial, miembro activa de nuestro Colegio y nuestro amado Círculo de Periodistas.
Mi relación con Maura nace en nuestras correrías de reporteras, asombradas, en una década –la del 70– tan dolorosa como reconfortante para nuestras vidas. Porque nos hizo mejores como seres humanos, intransables como emisoras de verdades ocultas, cubiertas de miedo y angustias y sembradoras de ilusiones… como fue esa infantil creación de EMOCIONES (1977), revista que era poesía en sí misma en este país de berrinches y metralletas.
Nos salvó el hecho de ser mujeres, de ser madres, de amar nuestro pequeño núcleo y defenderlo de toda oscuridad donde el odio se imponía y pasmaba. Un tiempo tuvo ese dulce reposo acunada por su amor a Pepe, nuestro José de Val, a quien conoció reporteando en una tierra nuestra, lejana, Juan Fernández. Despachó la nota y decidió que al amor no había que ponerle plazo. Allí colocó su ancla. Y desde allí nos asombró con historias de navegantes y naufragios, avivando a un Robinson Crusoe tan solitario como la isla misma. Con Pepe fueron más que amantes, esposos o padres. Constituyeron una sociedad irrepetible. Ambos anidaron no solo un hogar, sino que en su casa el asombro se plasmaba en conversaciones, amigos, discusiones, hechos e historias.
Nace así el camino editorial. Investigación. Apoyo a colegas y a otros, que en dictadura y también después, dejaron en sus escritos los hechos que estremecieron no solo a Chile sino al mundo entero.
Maura Brescia no paró nunca
Cuando hablábamos, la notaba cansada. Sin embargo ella estaba lista para sacar adelante otro proyecto editorial, y hacerlo asociada a su Casa amada: nuestro Círculo de Periodistas. Le faltaban horas del día. Estuvo en todo lugar donde se le convocase. Fue leal y avasalladora. Lo que le trajo más de alguna crítica y no-aceptación. Impulsiva, su carácter la llevaba muchas veces a excusarse… Y a sentir el rechazo de quienes se ofendían.
Fue de amigos. Muchos. Pero también fue rechazada y fuente de murmullos entre pasillos. Porque es bien difícil aceptar en nuestra gélida y conservadora sociedad, a un ser, un ave tan libre y avasalladora como ella. En lo personal, me rodeó con una lealtad y cariño inquebrantable. Discutimos muchas veces. Nuestros caracteres jugaban en contra.
Mucho se ha hablado hoy de ella. Lo esencial no ha sido ni su porte, ni su fuerza. Ni su determinación para salir adelante. Lo esencial para mí fue su consecuencia. Con su rol de comunicadora e integrante de nuestro gremio. Una más como socia activa.

Hubo algo que quiso. Ser actriz en una obra de teatro producida por el Círculo. Tenía el papel y lo habría hecho genial. No pudo. La frenó quien la limitaba entonces. Y en ese detalle supe que más allá de la libre mujer periodista, existía este límite posesivo y dominante, íntimo: bajar el moño frente al reproche de quien le acompañaba como pareja. Sumisa en esas cuatro paredes. Aceptó esta asfixia como si estuviese en un lecho de rosas. Sin darse cuenta de que eran cadenas.
Lamento no habérselo dicho. Si lo hubiese hecho, tendríamos a Maura para rato. Ella pudo no ser parte de nosotros. Pudo seguir el camino individualista de tantos otros colegas que han gozado sus titulares y éxitos a solas o en medio de otros grupos sociales. Pero Maura fue gregaria. Por ende, eligió ser parte del Círculo de Periodistas.
Hasta su último día estuvo con nosotros.
No me cabe la menor duda de que seguirá estándolo.
Hasta siempre, amiga…






