Por Juan López Baldomá
Celebrado en Washington D.C. del 7 al 13 de abril de 1926, con importante participación de periodistas chilenos, fue un hito fundamental en la profesionalización y articulación del periodismo en el hemisferio.
No fue un evento aislado. Plasmó una resolución adoptada previamente en la Quinta Conferencia Internacional Americana, realizada en Santiago de Chile en 1923, la primera celebrada fuera de Estados Unidos, país sede de las conferencias hasta entonces. Convocado por la Unión Panamericana —la actual OEA— el congreso reunió a cerca de 130 periodistas, de casi todas las repúblicas latinoamericanas, y más de 170 delegados de los EUA.
Chile tuvo un rol protagónico, no solo como cuna política del evento, sino por la calidad de su representación. La delegación chilena reflejó una estructura mediática moderna y descentralizada bajo el sistema de El Mercurio, con delegados provenientes de tres puntos estratégicos: Ernesto Montenegro, corresponsal de ese diario en Nueva York; Manuel García Peláez, de Antofagasta, y S. S. Koppe, de Valparaíso.
México envió una delegación influyente, encabezada por Nemesio García Naranjo y Rodrigo de Llano —ambos del Excelsior—, junto a Arturo García Pajujo. Perú contó con figuras de gran peso editorial, como Luis Miró Quesada, de El Comercio, y el intelectual Clemente Palma. Brasil estuvo representado por voces clave: Edgar Leuenroth —periodista, tipógrafo, activista anarquista líder de la primera huelga general brasileña (1917), Casper Libero, de A Gazeta; Julio Cosi y Antonio Cicero, del Jornal do Comercio. Gilberto Freyre, quien con los años habría de revelarse como uno de los sociólogos más originales de las Américas, representó a Diario de Pernambuco, el periódico más antiguo del Brasil.
Discurso inaugural y reconocimiento institucional
El presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge pronunció el discurso inaugural el miércoles 8. Subrayó que los periodistas asistían como «agentes libres de la libertad de prensa de países libres», y no como representantes oficiales de sus gobiernos. Elogió la calidad de la prensa latinoamericana y señaló que algunos de sus diarios contaban con edificios y servicios —como consultorios médicos y jurídicos gratuitos— que superaban a los de su país, calificando a estas instituciones como algo que «se acerca a una universidad». Asimismo, admitió una histórica «lamentable falta de información» en los EUA sobre América Latina, región que con frecuencia era reducida erróneamente a un escenario de revoluciones y disturbios.
Grandes debates y resoluciones
El congreso aprobó un total de 28 resoluciones que marcaron la agenda del periodismo moderno. Los debates centrales giraron en torno a tres ejes:
Libertad y ética: La tensión entre la libertad absoluta de prensa, y la necesaria responsabilidad social y normas éticas.
Periodismo y paz: Se promovió el uso del periodismo para fomentar el arbitraje internacional como mecanismo de prevención de conflictos armados en el continente.
Profesionalización: Se dio impulso a la creación de escuelas universitarias de periodismo, reconociendo al periodista como un actor social fundamental.
La semilla de la SIP: La resolución más trascendental fue la creación de una Asociación Panamericana de la Prensa, considerada el antecedente directo de la actual Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
El balance de Montenegro
Años más tarde, en 1952, Ernesto Montenegro volvió sobre el congreso en las páginas de El Mercurio. Su balance fue matizado: si bien reconoció el carácter pionero del encuentro, advirtió que sus resultados concretos fueron limitados en relación con las expectativas generadas, y sobre las dificultades para consolidar una coordinación estable entre los sistemas periodísticos del continente. También señaló las asimetrías estructurales —particularmente entre los Estados Unidos y América Latina— como un factor que condicionó el desarrollo de las iniciativas de 1926.
De este modo, Montenegro interpretó el congreso más como un momento inaugural que como una instancia resolutiva: un punto de partida que instaló temas y orientaciones —profesionalización, ética, cooperación internacional— cuyo desarrollo quedaría abierto en las décadas siguientes.
En sus propias palabras, publicadas en El Mercurio en 1952:
«Antes de la apertura, en el Salón de las Américas del palacio de la Unión Panamericana, el presidente Coolidge ofreció una recepción en la Casa Blanca a los delegados, y fue por la noche a pronunciar el discurso inaugural, en el cual tartamudeó los nombres de ‘Andrés Bello’ y ‘Bolívar’. Como es de rigor, se eligió para presidir el congreso a un ciudadano del país anfitrión —un hombre de la profesión, naturalmente—, correspondiéndole este honor, por aclamación, al Dr. Walter Williams, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri, quien luego llegaría a la presidencia de esa casa de estudios sin haber pasado por sus aulas; dicho sea de paso, pero con toda una vida consagrada a la práctica y la enseñanza del periodismo, que le había valido ese título de doctor honoris causa. Desde el primer momento se vio que los verdaderos organizadores del congreso habían sido las tres entidades distribuidoras de noticias ya mencionadas, y que la mirada de águila del norteamericano para otear la oportunidad de un buen negocio ponía así al alcance de su mano a tantos posibles clientes que había que catequizar y conquistar. La puja comenzó de inmediato de parte de los dos rivales más poderosos: la Associated Press y la United Press. Por allí rondaban los sabuesos de la AP repartiendo apretones de mano, y el gerente de la UP, el menudo y escurridizo Roy Howard, con sus pecheras alforzadas y sus corbatines intelectuales.»
Consideraciones finales
A cien años de su realización, el Congreso de 1926 puede entenderse como un momento fundacional en la articulación del periodismo panamericano: no solo por sus resoluciones, sino porque estableció un espacio de deliberación sobre el rol del periodista en la sociedad, su formación y su responsabilidad pública.
En ese proceso, Chile tuvo una participación significativa, tanto en la gestación del congreso como en su desarrollo, a través de una delegación que reflejaba el grado de organización y proyección de su sistema periodístico en la década de 1920.
La conmemoración de este centenario no debe ser un mero ejercicio de nostalgia, sino un llamado urgente a la academia y al pensamiento crítico. Si en 1926 el desafío fundamental era transitar desde el periodismo doctrinario del siglo XIX hacia un modelo profesional y empresarial —proceso en el que Chile fue arquitecto desde la Conferencia de Santiago de 1923—, hoy nos encontramos en una era exponencial donde la velocidad de la información ya no depende de cables submarinos ni de rotativas, sino de algoritmos e inteligencia artificial.
Es imperativo instalar un debate académico de alto nivel que rescate la visión del periodismo como nodo intelectual y proyecte la profesión hacia el futuro. Debemos preguntarnos cómo se reinterpretan hoy, frente a la desinformación global, los pilares de responsabilidad social, ética y arbitraje por la paz que delegados como Ernesto Montenegro defendieron en las comisiones de 1926.
El balance de Montenegro desde El Mercurio en 1952, como ejercicio de memoria periodística, utilizó su experiencia en Washington para analizar los desafíos éticos y los monopolios informativos que enfrentaba el periodismo en la década de los cincuenta. Hoy, al revisar este centenario con perspectiva histórica, comprendemos que, aunque las herramientas sean ahora exponenciales, la necesidad de un entendimiento comprensivo entre los pueblos y de una prensa que sea garantía de libertad, fortalecimiento de la democracia y transparencia sigue siendo el destino común del hemisferio.
La academia tiene hoy la misión de recoger el testimonio de 1926 para asegurar que, en este siglo XXI, el periodismo panamericano no solo informe, sino que continúe siendo el gran constructor de la realidad democrática continental.
Nota.- Las columnas de opinión aquí publicadas no son necesariamente responsabilidad del Círculo de Periodistas de Santiago





