No podemos disimularlo: es un orgullo celebrar 119 años y decir al mismo tiempo, que hemos resistido el paso de los años y los profundos cambios sociales, políticos, culturales y económicos. Hemos vivido épocas bullantes, otras menos, algunas bien oscuras. Pero hoy seguimos mirando hacia el futuro y reiteramos nuestro compromiso con el bienestar de nuestro gremio, tal como lo pensaron nuestros fundadores.

El Círculo de Periodistas nació en tiempos de gran ebullición, cuando se discutía con ímpetu ‘la cuestión social’ y si todos teníamos los mismos derechos, especialmente los trabajadores. La historia de aquellos años está marcada por la Masacre de la Escuela Santa María de Iquique, ocurrida apenas cuatro meses después de la constitución del Círculo de Periodistas.

El movimiento obrero se organizaba con fuerza para exigir mejoras salariales y condiciones laborales dignas. Muchos perdieron la vida en esa lucha, como lo atestiguan también las matanzas de La Coruña, el Seguro Obrero, Ranquil, la huelga campesina de Molina y tantas otras.

Los comienzos de nuestra institución

De los inicios del Círculo, a comienzos del siglo pasado, quedaron pocos registros. Una memorable foto nos muestra a los severos hombres que lo constituyeron, y un acta deja claramente establecido que el propósito de reunirse es “echar las bases de una sociedad de protección mutua entre los empleados de los diarios de esta capital”.

El presidente electo, Zenón Murillo, puso en discusión un proyecto de estatutos cuyo primer artículo señalaba que el objetivo de esta institución era “propender al afianzamiento de la solidaridad y compañerismo profesional, practicar la protección mutua de sus asociados y procurar una mayor actuación del periodismo en su relación con el desarrollo progresivo del país”.

Proponía además que la institución mantuviera una biblioteca, una sala de redacción, espacios para el ejercicio físico y la entretención, y que organizara conferencias sobre todo aquello que interesara al país. Nuestros antecesores tenían muy clara la necesidad de reflexión dentro de nuestro gremio.

Para concretar los sueños de aquellos viejos y lúcidos colegas tuvo que llegar una nueva generación. A fines de los años 40, encabezada por Juan Emilio Pacull e integrada también por una única y notable mujer, Lenka Franulić, quien formó parte de uno de los directorios de esos años, esta generación comenzó a impulsar grandes transformaciones.

En 1952 tuvieron la audacia de convocar al Primer Congreso Mundial de Periodistas, al que asistieron escritores y colegas de distintas partes del mundo. El Círculo ampliaba sus fronteras. Pero también había que echar raíces. Se propusieron entonces construir una casa de los periodistas: un lugar propio donde pudieran encontrarse, pensar, discutir, conversar y debatir.

Creando nuestra casa: La casa del periodista

Pacull recorrió la ciudad hasta encontrar un sitio baldío en pleno corazón de Santiago. Para conseguir los recursos, golpeó múltiples puertas, hasta llegar a la propia Moneda y conversar con el presidente Carlos Ibáñez del Campo para que cediera ese terreno fiscal. Luego gestionó un préstamo en la Caja Nacional de Empleados Públicos y Periodistas.

Cuando uno revisa los planos de este edificio, puede reconocer el concepto integral con que aquellos dirigentes imaginaron Amunátegui 31. En el segundo piso habría un casino; en el tercero, las oficinas del Círculo, la sala de directorio y la Biblioteca; y en los pisos superiores, dormitorios para los periodistas que llegaban desde regiones. También un teatro, porque ‘no se puede vivir’ ajeno a la cultura. Y, como además hay que divertirse, en el subterráneo siempre estuvo pensada la Taberna.

Crearon además un centro médico para que los periodistas tuvieran acceso a la salud.

Como en aquellos años los periodistas se formaban principalmente en los propios medios, estos mismos dirigentes impulsaron en 1953 la creación de la primera Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y, tres años después, dieron vida al Colegio de Periodistas, que junto al Círculo fijarían los aranceles para la prensa y se convertirían en una pieza fundamental del quehacer gremial.

En ese Chile pobre también consiguieron un predio en El Tabo, donde se levantaría la Villa Camilo Henríquez para que los socios del Círculo pudieran vacacionar. ¡Cuántas generaciones han pasado por esas cabañas! ¡Cuántos de nuestros hijos se han encaramado en esas inmensas piedras!

Y así como imaginaron espacios para el disfrute de la vida y del oficio, pensaron también que para el descanso final había que tener una casa. Así nació el Mausoleo de los Periodistas en el Cementerio General de Recoleta.

Esta rápida descripción de lo que hicieron aquellos viejos dirigentes busca relevar el valor de la organización. Ellos creyeron en la unidad del gremio en sus más amplios ámbitos. También lo creían los Periodistas, que daban cuenta constantemente del intenso quehacer del Círculo: sus asambleas, sus elecciones, sus luchas contra la Ley Mordaza. La detención de importantes colegas ocupaba portadas y se escribían editoriales sobre la importancia de la libertad de prensa y de expresión.

El periodismo ocupaba un lugar relevante en la discusión pública. Era un actor con peso y credibilidad en nuestra sociedad. Se llegaba incluso a discutir con el presidente de la República, como ocurrió en el diálogo entre Luis Hernández Parker y Jorge Alessandri a propósito de los efectos del terremoto de 1960.

El periodismo profesional se había ganado un respeto que la opinión pública reconocía. Al mismo tiempo en la prensa existía una diversidad que expresaba la pluralidad y riqueza de nuestra sociedad.

Eso es precisamente lo que hemos extrañado durante los últimos 35 años: frente a aquella diversidad, hemos visto consolidarse un duopolio que ni siquiera replica el sistema binominal que nos legó la dictadura. Observamos también con preocupación cómo desaparecen las mesas de redacción, aquellos espacios donde se discutían las pautas y se enriquecían los contenidos de los diarios y de los distintos medios de comunicación.

Dónde nos encontramos en estos días

Estos son nuevos tiempos. El primer desafío es asumirlos y preguntarnos cómo vamos a enfrentarlos. De nada sirve quejarse o quedarse en la añoranza. Nuestra obligación es mirar hacia el futuro y hacerlo con dedicación, preparación y disposición para incorporar y perfeccionar las nuevas herramientas que nos ofrecen los avances tecnológicos.

Pero no podemos callar ni permanecer indiferentes ante la mentira disfrazada de periodismo; ante los programas centrados en la descalificación para conseguir más likes; ni frente a los intentos por imponer una verdad sin debate, o ante la idea de que existe un solo camino y que quien tiene el poder puede desconocer la mirada de las minorías.

Nos hemos formado para contribuir a la discusión pública, para aportar, como dijeron nuestros antecesores, al bienestar y al desarrollo del país. Y ahí debemos estar: en primera fila. No podemos dormirnos porque ya tenemos muchos años… ni pensar que son otros quienes deben dar la pelea. ¡No!

Debemos estar juntos, viejas y nuevas generaciones, para que nuestra sociedad se reencuentre con los valores de la solidaridad, el respeto, la libertad y la democracia. Las sociedades crecen a través del pensamiento. No todo es tecnología. Defendemos las humanidades porque de ahí provenimos y porque hombres y mujeres podemos sacar lo mejor de nosotros mismos cuando actuamos de manera colaborativa y creativa.

Vivimos tiempos difíciles y preocupantes. No podemos pasar por alto que hace apenas una semana, conocimos la intención del Ejecutivo de reformar la Constitución para crear un nuevo estado de excepción, el que podría extenderse hasta por 240 días y restringir derechos y libertades fundamentales.

Nuestra generación sabe, por experiencia y con dolor, lo que significa para una sociedad perder sus libertades. No podemos permanecer indiferentes. Debemos mantenernos alerta, organizados y dispuestos a autoconvocarnos para impedir cualquier retroceso y defender aquello que tanto ha costado recuperar.

Por eso, al cumplir 119 años, nuestro anhelo es también un compromiso: que el Círculo siga aportando a la sociedad, promoviendo la asociatividad y la organización; que continúe siendo una casa de encuentro, abierta al espíritu crítico y a la libertad de pensar, escribir y actuar. Que esa sea la luz que el Círculo siga proyectando hacia el futuro: una institución viva, unida y comprometida con la verdad, el pluralismo y la democracia.