Amigas y amigos…
Elegimos publicar este texto, de todo lo escrito por el colega Mario Aguilera a propósito del fallecimiento de nuestro querido y meritorio colega Leonardo Cáceres, relato que mezcla las historias y los sentimientos más profundos -suyos y de los demás- con lo prosaico que siempre rodea los grandes acontecimientos. El día anterior, Mario escribió sobre el velorio, que “había tantos periodistas, que parecía reunión de pauta”. Todo era periodismo…

LA VIDA

No había locomoción en la Alameda. Quedaba en el aire un tufillo a lacrimógena, rondaban los guanacos, abundaban los carabineros y los primeros estudiantes avanzaban con sus carteles frente a la Casa Central de la Universidad de Chile. Bajé rápido al Metro antes de que cerraran la estación. Mi destino era despedir al maestro de periodistas. Pensé que le habría gustado partir un día como este, con la Alameda llena de jóvenes que también sueñan con una vida mejor.

Me bajé en Chile-España. Hacía un poco de frío y eso permitía caminar más rápido rumbo a la Plaza Ñuñoa.

Frente a la pérgola, al ritmo de una salsa, un grupo de mujeres mayores repetía los movimientos del instructor. Con entusiasmo seguían los ejercicios rítmicos para alargar la vida. Crucé la plaza y llegué al lugar previsto. El libro de condolencias daba la bienvenida y, más adelante, en medio de la iglesia, estaba el féretro de Leonardo Cáceres.

Éramos muchos. Muchos viejos. Otros no tanto. También las chiquillas de mi generación. Editores y jefes de prensa de antaño, periodistas más jóvenes, colegas con los que seguimos encontrándonos o leyéndonos en grupos de WhatsApp. Gracias a la acústica del templo, los palmoteos en la espalda resonaban con fuerza. Eran abrazos cargados de cariño. Parece que mientras más fuerte es el golpe, más grande es el afecto. Y ya no es moda: los amigos más cercanos, casi hermanos, se saludan con un beso en la mejilla y se agradece.

Todos teníamos un motivo adicional para estar allí.

  • ⁠Traigo el saludo de los colegas argentinos -decía Juanito Araya. Argentina fue el primer exilio de Leonardo.
  •  ⁠Yo estuve en Alemania -recordaba Juan Carlos Moraga, otro de los compañeros de aquellos años antes de Moscú.

Había camarógrafos, colegas de Pablov, su hijo. Éramos tantos y tantas. Saludé a la familia. Entonces llegó un silencio. La ceremonia estaba por comenzar.

Con las primeras palabras abandoné la banca donde estaba sentado..

  •  ⁠Estoy cada vez más sordo, me voy más adelante —susurré.

Me instalé a la izquierda de la nave central, en la primera fila, justo al lado de un parlante. Los espacios enormes suelen jugar malas pasadas a quienes escuchamos menos.

Y entonces comenzó la emoción.

Oficiaba el responso Jaime Coiro, Jaimito. Hoy diácono, pero también periodista. Reportero en Radio Chilena y, hacia el final de la dictadura, editor en Nuevo Mundo. En esa iglesia se respiraba periodismo. Como no alcanzaba a escuchar todo, encendí la grabadora del teléfono. Después podría reconstruir lo que allí se dijo.

Estaba la Virgen. Más allá, Jesús, el Flaco, como le llamo respetuosamente. Parecía acompañar la despedida de otro flaco: Leonardo Cáceres. También estaban los apóstoles, aquellos primeros reporteros de la historia y, seguramente, los más leídos. Han pasado más de dos mil años y siguen siendo lectura obligada.

  •  Pónganse de pie —ordenó Jaimito.

Entonces me di cuenta de que ya no estaba solo en la banca. A mi lado había una dama que no conocía y, un poco más allá, con chaqueta, sin corbata y con su barba, estaba Gabriel Boric. Lo sabía en Europa pero estaba aquí.

Abrí grandes los ojos.

Él hizo un gesto y me sonrió.

“Puchas, Leonardo, hasta el Presidente vino a despedirte”, pensé.

Me emocioné con la situación, más que con las palabras. De ellas escuchaba bastante poco.

La primera en hablar fue Gabriela, también colega, compañera del Flaco durante más de seis décadas. Sesenta y seis años exactamente. Toda una vida. Estaban sus hijas, sus hijos y los nietos. Había dos de ellos a quienes el pañuelo ya no les alcanzaba para secar las lágrimas. Eran demasiadas. Y yo, que también soy abuelo, los entendía quizás más que muchos. Fue el momento en que dejé salir por los ojos aquello que no lograba entrar por los oídos. Una pena inmensa.

Había lucha por la vida en la Alameda. Estaban las señoras que bailaban para prolongarla. Y aquí, a unos metros, despedíamos a un colega que se jugó la vida por informar. Ahora se quedaba para siempre. Su legado ya es memoria.

Hablaron sus hijas. Hablaron sus hijos. Llegó el agua bendita para la despedida. También hubo fila para comulgar.

Mientras retiraban las flores, el Presidente Boric se acercó a abrazar a Gaby, a los hijos, a las hijas, a toda la familia.

Gracias a Leonardo conocimos el mensaje de las últimas palabras de un presidente mártir. Tenía que venir otro presidente a rendirle homenaje en su despedida. Fue un momento hermoso.

En medio de la misa no podía sacar fotografías, pero ese abrazo a Gaby merecía quedar registrado.

Quise poner frases textuales de lo que había grabado, tampoco escuchaba para contarlo ahora no era yo, era la acústica.

Afuera continuaron los abrazos. Los que llegaban más tarde saludaban a los primeros. Muchos aprovechaban para ponerse al día. Cada grupo tenía sus propias historias.

Supe que a algunas colegas les había llamado la atención un hombre que no reconocían. Encargaron la investigación a una de ellas, que reporteara. Resultó ser un colega que vistió uniforme, llegó a ser coronel de Carabineros. Así de transversal fue la despedida de Leonardo.

El féretro esperaba en un coche fúnebre blanco. Me acerqué a tocarlo por última vez.

Ya no estaba el Súper 8.

Por esas tonteras que hace uno, me incliné y le dije bajito:

  • ⁠Saludos a mi hermano Sergio, que ayer estuvo de cumpleaños.

La botella de whisky que lleva en su ataúd estaba casi a la mitad. No estaba previsto. Él no lo había pedido. Fue uno de esos gestos que nacen de improviso. Aún quedaba suficiente para acompañarlo en el camino y la dejaron junto a él.

Buen viaje, Flaco.

Y salud por eso.

Porque tu vida ya es ejemplo. Y tu memoria, una lección para todos los que seguimos contando historias. Te debemos tanto. La tuya fue toda una vida.