Por su importancia y belleza, reproducimos aquí el discurso de la periodista Verónica Franco, al recibir el Premio Lenka Franulić de la Asociación Nacional de Mujeres Periodistas.
Acerca del periodismo, hoy
“La trayectoria de Lenka Franulić sigue diciendo algo importante incluso hoy: que este oficio se puede ejercer con inteligencia, con carácter y con sentido público.
“Los premios a veces llegan en momentos en que una necesita volver a hacerse ciertas preguntas. No por la vanidad del momento, que debería durar poco, sino por el sentido, por lo que significa después de tantos años de hacer periodismo, sobre qué vale la pena defender, y qué no debería cambiar, aunque cambie todo lo demás.
“Llevo gran parte de mi vida haciendo radio. Aprendiendo radio. Corrigiéndome en la radio. Equivocándome, también, en la radio. Y si algo me ha enseñado este oficio es que el periodismo no puede ser una pose ni una identidad para exhibir. Tampoco es una credencial moral. El periodismo es, antes que todo, un trabajo. Un trabajo exigente, imperfecto, a veces ingrato, muchas veces agotador. Pero también es un trabajo profundamente necesario, bonito y gratificante.
Con los años he llegado a una convicción muy simple: el periodismo es una carrera profesional, sí, pero sobre todo es un oficio que se aprende todos los días. Un oficio hecho de método, de paciencia, de oído, de calle y de criterio. Un oficio que no consiste -ni puede consistir- solo en tener opinión, sino en saber preguntar y saber explicar. En no conformarse con la primera versión, en exigir pruebas, fechas y contexto, y en distinguir lo relevante de lo meramente llamativo.
Eso, que parece tan básico, hoy se ha vuelto más difícil y más urgente.
Las transformaciones con que hoy debemos trabajar
Porque el periodismo está cambiando. Y no lo digo con nostalgia ni con dramatismo. Las transformaciones tecnológicas, culturales y económicas han cambiado la manera en que circula la información, la manera en que las personas se informan y también las condiciones en que trabajamos. Sería absurdo negarlo: estamos en medio de una transformación profunda.
Pero no creo que eso signifique el fin del periodismo. Creo, más bien, que nos obliga a volver al centro: a distinguir con mayor claridad qué es lo esencial.
Puede cambiar el soporte. Puede cambiar la velocidad. Puede cambiar el lenguaje y la plataforma donde una historia se cuenta. Pero hay algo que no debería cambiar: la responsabilidad de investigar, la disciplina de no confundir intuición con evidencia.
La honestidad de corregir cuando una se equivoca. Y la conciencia, siempre viva, de que detrás de cada dato hay personas, consecuencias y vidas concretas.
En medio de esta transformación está el hecho de que hemos empezado a convivir con otro elemento: la inteligencia artificial.
Yo no estoy entre quienes creen que toda tecnología es una amenaza en sí misma. Sería una mirada simplista, y además inútil. La inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa. Puede ayudar a ordenar información, a procesar grandes volúmenes de datos, a detectar patrones, a agilizar ciertas tareas. Pero precisamente porque puede ser tan poderosa, exige más criterio humano, no menos.
El periodismo, si quiere seguir siendo periodismo, no puede delegar en una herramienta aquello que define su alma: la decisión humana de qué publicar, cómo publicarlo, cuándo dudar y cuándo callar. Por eso, más que hablar de miedo, yo hablaría de precauciones. Precaución frente a la fascinación tecnológica y a la tentación de reemplazar el reporteo por el resumen. Ante la comodidad de confiar en una respuesta sin someterla al mismo escrutinio que le exigiríamos a cualquier fuente. Precaución frente a la ilusión de que, porque algo está bien escrito, está bien informado. Y precaución, también, frente a un riesgo más profundo: que terminemos naturalizando un periodismo sin presencia humana, sin contexto, sin conversación real con el mundo.

El riesgo no es solo técnico. Es un riesgo para la democracia.
Vivimos en un tiempo en que se ha vuelto frecuente desacreditar al periodismo. A veces con razón, cuando cometemos errores que deben ser reconocidos. Pero demasiadas veces no se trata de crítica legítima, sino de una estrategia de desgaste. De hostilidad. De intimidación. De la instalación sistemática de la idea de que preguntar molesta, que fiscalizar estorba, que verificar es un gesto de mala fe. Y cuando una sociedad empieza a mirar así a la prensa, lo que está en juego no es el prestigio de los periodistas. Lo que está en juego es la calidad de la democracia.
Porque sin periodismo profesional, independiente, persistente, a veces incómodo, la democracia queda más sola. Más expuesta a la propaganda, a la mentira eficaz, a la emoción sin evidencia, al poder sin control.
No creo en el periodismo de trinchera. No creía en eso hace años y no creo ahora. Pero tampoco creo en un periodismo neutro en el sentido vacío de la palabra. Creo en un periodismo comprometido con ciertos principios irrenunciables: la verdad como horizonte, aunque nunca se alcance del todo; la verificación como método; la autonomía frente al poder; la conciencia de servicio público; la voluntad de mirar también a quienes no suelen ser vistos.
Eso es especialmente importante en un país como el nuestro, donde tantas veces la discusión pública se concentra arriba, en las élites, mientras la vida de la mayoría sigue transcurriendo entre problemas, urgencias y desigualdades concretas. El periodismo tiene el deber de no olvidar a quién le debe su trabajo. Y yo sigo creyendo, profundamente, que los periodistas no trabajamos para nuestro ego, ni para nuestra tribu, ni siquiera solo para nuestro medio: trabajamos para la gente. Tal vez por eso este premio, además, tiene para mí una dimensión muy especial: viene del mundo de las mujeres periodistas.
Las mujeres y el periodismo
Si una mira la historia de este oficio, y la mira de verdad, encuentra talento, coraje y excelencia femenina por todas partes, incluso en tiempos en que a las mujeres se nos exigía demostrar dos veces lo mismo para recibir la mitad del reconocimiento. Mujeres que hicieron periodismo de alto nivel cuando el espacio público les era más estrecho, cuando la autoridad se vestía de hombre, cuando la conciliación entre trabajo, familia y vocación se resolvía, demasiadas veces, en silencio y a pulso.
Recibir un premio como éste obliga también a pensar en esa genealogía. En las que estuvieron antes. En las que abrieron puertas. En las que empujaron límites. En las que hicieron preguntas cuando no era cómodo hacerlas. En las que sostuvieron redacciones, micrófonos, libretas, coberturas y familias al mismo tiempo. En las que pagaron costos por hablar fuerte, por saber mucho, por no pedir permiso.
Y obliga, también, a mirar hacia adelante. Porque no basta con celebrar a las mujeres cuando llegan. Hay que preguntarse en qué condiciones llegan. Cuánto les cuesta. Cuánto se les exige. Cuántas veces siguen siendo interrumpidas, puestas a prueba, encasilladas o juzgadas con criterios distintos. Y hay que preguntarse, además, qué tipo de liderazgo femenino queremos en el periodismo: uno que simplemente imite viejos modelos de poder o uno que aporte otras maneras de mirar, de trabajar, de conducir equipos, de escuchar.
Estudiantes de periodismo hoy
En lo personal, una de las mayores alegrías de estos años ha sido hacer clases y encontrarme con estudiantes que llegan llenos de dudas, de entusiasmo, de ansiedad, de talento. Jóvenes que viven en un ecosistema informativo radicalmente distinto al que vivimos quienes partimos hace décadas. Jóvenes que han crecido entre pantallas, sobreexpuestos a la velocidad, a la opinión permanente, a la confusión entre visibilidad y relevancia.
Y, sin embargo, cuando una conversa en serio con ellos, descubre algo muy alentador: que siguen buscando sentido, que quieren aprender a contar bien, que quieren entender el país, que les importa la gente.
A esos estudiantes yo no quisiera entregarles un periodismo cínico. No quisiera enseñarles que todo da lo mismo, que todo es relato, que basta con sonar convincentes. Quisiera transmitirles algo más exigente y, al mismo tiempo, más esperanzador: que el buen periodismo todavía importa. Que todavía hay diferencia entre la información trabajada y el ruido. Que todavía se puede ejercer este oficio con rigor, con humanidad y con sentido democrático. Que la credibilidad no se declama: se construye. Y que ninguna tecnología, ningún algoritmo y ninguna moda reemplaza del todo a una periodista o a un periodista que sabe mirar, escuchar, verificar y narrar con honestidad. Pero también es mi deber pedirles más, exigirles llegar a cada clase informados, saber distinguir entre información y su opinión; y también que sean capaces de cuestionar y cuestionarse.
Finalmente…
A esta altura de la vida, una ya sabe que el periodismo no salva el mundo. Pero también sabe que puede evitar que el mundo se oscurezca un poco más. Puede poner una luz donde alguien preferiría sombra. Puede hacer una pregunta incómoda. Puede abrir espacio a una voz que no estaba. Puede explicar mejor una realidad confusa. Puede evitar una injusticia. Puede acompañar en una emergencia. Puede ayudar a una persona a entender algo que afecta su vida. Y eso, aunque a veces parezca pequeño, no es poco. Nunca ha sido poco.
Sigo creyendo que este oficio tiene sentido, que vale la pena hacerlo bien, defenderlo, enseñarlo. Que vale la pena ejercerlo incluso en tiempos difíciles, de transformación, en tiempos en que todo parece más veloz, más hostil y más frágil. Porque el periodismo será siempre una profesión. Pero sobre todo seguirá siendo un oficio. Porque, al final, pese a todo, sin periodismo no hay democracia y tampoco el futuro mejor que todos soñamos.





