Esta semana falleció Francisca, hija de nuestro Premio Nacional de Periodismo Luis Hernández Parker. La historia de ella y su madre María Inés Solimano está reflejada en estas líneas escritas por el colega Federico Gana Johnson.

 

Recientemente, la Humanidad funcionó.

Como esas flores del cactus que un día (un solo día), nacen y mueren para siempre, pero quedan eternamente como momentos fundamentales de una vida que, en este caso, permaneció cada jornada de sol y de estrellas durante más de seis décadas, con sus emociones y sus hielos.

Así funcionó, manifestando cabalmente uno de esos secretos que la Humanidad tiene, cuando de veras corresponde. Y María Inés Solimano puede estar tranquila. Dentro de toda la pena por lo que venía y que aun así era mejor, de todas formas nos reventó el alma a todos.

¿Por qué era mejor?

Porque María Inés, la profesora de Historia, la reina de las tejedoras de ponchos y vestidos de novia, la mano derecha del pintor Nemesio Antúnez como director del Museo de Bellas Artes, la amiga consejera de mil batallas particulares nuestras, la cocinera de ñoquis cada día 29 de todos los meses de la vida, la autora de un cancionero romántico, tenía un secreto. Un íntimo sentimiento de ternura profunda y amor a toda prueba hacia su hija, esencialmente transparentado en el deseo infinito, gigantesco de jamás dejarla sola.

Jamás.

Era su secreto.

Fue el reciente 16 de enero, a las seis de la madrugada cuando su hija Francisca, la querida, la divertida, la sorprendente Francisca que durante 64 años vivió un mundo propio cobijada por la feliz complicidad de su madre, nos abandonara plácidamente para dormir la siesta eterna, luego de meses de luchar por seguir despierta. Y hacerlo como lo hizo siempre. Con su silencio a gritos, en el idioma que solamente los cercanos, como la propia madre, traducen.

Ya estaba Francisca en camino a nacer en 1960 cuando su hermanito mayor cayera a un pozo de alcantarillas en la esquina de su casa y falleciera ahogado mientras recién aprendía a caminar. Para María Inés, embarazada de Francisca que nació el 29 de septiembre en esas circunstancias especiales, fue el giro más brutal de la existencia. Nunca, sin embargo, le iba a disminuir su alegría de vivir. Nunca. En aquellos años el accidente fue noticia nacional pues el padre del niño y esposo de María Inés era el conocido comentarista político Luis Hernández Parker, Premio Nacional de Periodismo.

Decíamos complicidad y hay algo en las personas que lo merecen y no sabemos qué es, pero sucede. Es el orden de la vida y sus finales: Francisca murió antes que su madre y así siempre pudo gozar de su cómplice de cada instante de tantas décadas.

Sí, siempre.

Francisca, la vecina amante de las rancheras mexicanas, la paseante de cada tarde con su “burrito” por calles del barrio Bellavista, la habitante principal de la casa donde todos los días 29 de cada mes se cocinan ñoquis, la observadora silenciosa de cada detalle en la casa familiar donde año a año florece en verano una robusta y entroncada flor de la pluma, la niña eterna que los amigos de María Inés tanto quisimos y seguiremos queriendo, también tenía y tiene el mismo secreto: Sin su madre, no.

Ir al contenido