El inicio del año activa preguntas profundas en muchos periodistas jubilados —y también en quienes, bordeando los 80 años, llevan largo tiempo fuera de las redacciones—. Después de décadas viviendo al ritmo del cierre y la contingencia, marzo se convierte en un espejo que interpela identidad, memoria y propósito.

Por Lorena Bahamondes R.

Marzo siempre fue sinónimo de vértigo, de agendas repletas, teléfonos que no dejaban de sonar, coberturas simultáneas, decisiones editoriales urgentes. Durante años, el comienzo del calendario marcó el pulso profesional y personal de quienes entendieron el periodismo como una forma de estar en el mundo.

Pero existe otro marzo, ese marzo sin pauta diaria, sin reunión de edición, sin cierre nocturno y en ese nuevo escenario emergen preguntas inevitables: ¿cómo se redefine la identidad cuando ya no se está en la primera línea informativa? ¿Dónde se deposita la experiencia acumulada tras décadas de reporteo? ¿Cómo se vive el paso del tiempo cuando el oficio fue, por mucho tiempo, el centro de la vida cotidiana?

Para quienes se jubilaron recientemente, el tránsito suele ser abrupto, pero para quienes se acercan a los 80 años y llevan una década o más fuera del ejercicio activo, el proceso es distinto, pero no menos profundo. Con el paso de los años, la redacción se convierte en recuerdo, muchos colegas ya no están y las rutinas cambiaron radicalmente con la digitalización y las nuevas plataformas, y, sin embargo, la identidad permanece.

El periodismo no desaparece con la jubilación, muy por el contrario, se transforma en memoria viva, en un relato compartido, y sin duda, en esa conversación que aún tiene algo que aportar. Quienes atravesaron distintos ciclos históricos —momentos de censura y apertura, crisis políticas, transformaciones sociales y revoluciones tecnológicas en los medios— poseen una perspectiva que el presente necesita con urgencia.

En un entorno mediático marcado por la inmediatez y la fragmentación, la experiencia de quienes han visto procesos completos ofrece contexto y profundidad, y no se trata de nostalgia, sino de patrimonio profesional, de reconocer que la historia del periodismo chileno está también en la trayectoria de quienes hoy miran marzo desde otra etapa de la vida.

Para algunos, este mes puede despertar melancolía, para otros, una sensación inevitable de distancia, sin embargo, también puede convertirse en una oportunidad de reencuentro: con colegas, con la historia compartida y con un espacio común como el Círculo de Periodistas de Santiago, que puede transformarse en punto de conexión, intercambio y continuidad. Allí se abre la posibilidad de transmitir experiencias, participar en instancias de diálogo, escribir memorias o, simplemente, volver a conversar. Porque la vocación no tiene fecha de vencimiento.

Y mientras exista memoria, pensamiento crítico y compromiso con la verdad, el periodismo sigue habitando en quienes lo ejercieron con convicción.

Incluso —y con mayor sentido— cuando marzo vuelve a presentarse muchos años después de aquel último cierre que marcó el fin de una etapa, pero no de la vocación.

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