El pasado jueves 4 de septiembre, el escritor, poeta, ensayista y otrora ideólogo de chistes para la histórica revista de Condorito, Jorge Montealegre, presentó en dependencias del Círculo de Periodistas de Santiago su más reciente libro: un acabado estudio sobre la representación del roto chileno en el humor gráfico nacional.
En la instancia –que contó con una gran afluencia de público– el autor estuvo acompañado de la escritora Hilda Carrera y el historietista Carlos Reyes en el panel, además de íntimos amigos y colegas entre la audiencia, entre ellos, el exministro de Minería y de Vivienda y Urbanismo, del presidente Salvador Allende, el ingeniero Pedro Felipe Ramírez.
En entrevista con el Círculo de Periodistas de Santiago, Jorge Montealegre repasa los principales hallazgos y reflexiones de su obra; desde el uso de las historietas para militarizar a niños y clases populares durante la dictadura, la explicación detrás de la dualidad que carga la figura del “roto” –tan admirado como despreciado en la cultura popular–, y cómo personajes de tiras cómicas han permeado en el imaginario y léxico colectivo
Entrevistador: ¿De qué se trata el libro, de qué clase de texto estamos hablando?
Montealegre: Es un ensayo, y de alguna manera también una Historia del humor gráfico chileno, considerando especialmente el aspecto de los personajes populares –tanto en el sentido de que son reconocidos como que muchos son representativos del pueblo–, en el humor gráfico, como es el caso de Perejil, u otros “guachacas”, vagabundos… la rotería es bien amplia. Sonia Montesino, quien escribió el prólogo, lo define como una «rotología», abriendo un campo de estudio sobre la representación del «roto» en el humor gráfico con estos personajes, especialmente el «roto», el que participó en guerras, como la Guerra del Pacífico, y el campesino pobre, que no es el huaso dueño de fundo, sino que simplemente trabaja en el campo. Estos personajes son a menudo vagabundos o temporeros, con trabajos esporádicos y vidas itinerantes, que van recorriendo el país, teniendo hijos que quedan “guachos”.
Entrevistador: ¿Estamos hablando de una figura hipotética o de algo que se retrata gráficamente en el libro?
Montealegre: No es hipotético. Personajes como Condorito son huérfanos, y Condorito adopta a Coné, que llegó huérfano en un tren, y él lo adopta. También está Perejil, que también ilustra la figura del «guacho» (huérfano) presente en el humor gráfico. El libro es un trabajo de investigación con sustento teórico, basándose en los trabajos de Gabriel Salazar y Sonia Montesino sobre los «guachos» y el «guacharaje», lo tomo para analizar el humor gráfico. Me tomó mucho tiempo. Este libro completa una trilogía, precedido por un libro sobre la “prehistorieta” del humor gráfico chileno y otro sobre su historia desde 1858, cuando se empiezan a publicar historietas en los periódicos políticos, hasta aproximadamente el año 2000. Aquí, estudiando la representación del roto chileno, encontré muchas cosas interesantes.
Entrevistador: ¿Por qué el «roto» chileno para terminar esta trilogía?
Montealegre: No me propuse terminar con este tema. Me di cuenta ahora de la trilogía, pero después podría seguir investigando otros aspectos del humor, como la sátira política. No me propongo que esto termine aquí, yo sigo investigando. La dificultad es que nadie pide ni paga estas investigaciones, afortunadamente este libro tuvo patrocinio académico del departamento de historia de la USACH porque tiene una metodología propia de una investigación científica, bien citado y documentado.
Entrevistador: ¿Cuál es la importancia cultural del «roto» chileno en términos idiosincrásicos a lo largo de la historia?
Montealegre: De alguna forma, el «roto» chileno sirve a propósitos nacionalistas, presentándolo como un héroe con coraje en la guerra, que se la jugó, y que le hacen monumentos y tiene su propio día. Pero al final del día, el roto es carne de cañón en la guerra, es utilizado, enganchado, llevado a los campos del sur o a las salitreras del norte para luego ser enrolado para la guerra. Sin embargo, el mismo roto es también despreciado precisamente porque es bueno para el trago, bueno para pelear, y no se le incorpora a la clase de quienes lo halagan. Por eso digo que sirve para fines nacionalistas. Esta dualidad se refleja en la admiración y el desprecio simultáneos hacia él.
Hay algunos que me van a odiar por meterme con este personaje, que es el del Capitán Toñito, que es un niño –también huérfano– que es encontrado por soldados en la Guerra del Pacífico y que lo incorporan al Ejército casi como si fuera una mascota. Es un personaje muy bonito, pero no muchos se dan cuenta que fue publicado el año 1974, incorporado en revistas oficiales por la dictadura, y que promueve el nacionalismo y la admiración por lo militar.
Lo militar, en ciertos grupos –como por ejemplo el Partido Republicano– no es más que un chovinismo que termina utilizando a los pobres. En el caso del Capitán Toñito, por ejemplo, si bien es huérfano, se supone que su madre es la patria, y en las publicaciones para niños, después de golpe de Estado, hay mucho de eso.
Entrevistador: ¿Hay algún personaje en particular que le haya llamado la atención?
Montealegre: Condorito me llama la atención por la presencia del cóndor en el imaginario chileno: en la cultura de los pueblos originarios como ave sagrada, en el arte rupestre –hay “niños cóndor” en esculturas de metal o pinturas– y, para qué decir, en el escudo nacional. Siempre hemos visto al cóndor como una representación de la comunidad, porque es sagrado, republicano, o como Condorito, que es sumamente popular. Sin embargo, el cóndor también tiene connotaciones negativas, como ave carroñera, que se alimenta de cadáveres; Gabriela Mistral, dándose cuenta de esto, tiene un ensayo que se llama Más huemul, menos cóndor.
Otro caso de connotación negativa es el del abominable Plan Cóndor, donde se asesinaron muchas personas en el Cono Sur. Por eso, la figura de Condorito, como un personaje simpático, es interesante por su popularidad, a pesar de esta dualidad. Antes de Pepo, existía un cóndor humanizado en una película de animación de los años 30, hecha por Jaime Escudero, llamada Copuchita; entonces lo original no es el uso del cóndor –es como si en Australia no se les ocurriera hacer un personaje con un canguro–, sino que la gracia del personaje está en su desarrollo, que tiene un pueblo, que tiene amigos, personalidad, y que finalmente se lo internacionaliza, y finalmente termina trascendiendo en el tiempo.
Entrevistador: ¿Cómo podríamos definir las representaciones de las clases populares a lo largo del tiempo en Chile?
Montealegre: Se construyen estereotipos. El «roto» mantiene características similares a través del tiempo (vestimenta, trato, etc.), con una contradicción constante con las clases altas. Estos estereotipos varían según el contexto histórico (1925, post años 50, dictadura), pero generalmente son presentados como vagos e itinerantes, con su bolsita al hombro donde cabe toda su vida.
Entrevistador: ¿Qué personajes le han llamado la atención en particular?
Montealegre: Además de Condorito, personajes como Moya –que es como alguien que paga impuestos– y que en el fondo es un pobre de traje y corbata. O Macabeo, el término «Macabeo» que conocemos, por ejemplo, proviene de una tira cómica y se ha mantenido en el lenguaje coloquial. Otro ejemplo es «Perkins», proveniente de un personaje de una tira cómica ideada por un argentino, y esta caracterización era la de un mozo elegante que se llamaba “Perkins”; luego comenzó a ser utilizado en las cárceles y se popularizó. Muchos saben a qué se refiere la palabra “perkin”, pero no todos saben su origen en una tira de cómics. Para eso sirve este libro.
¿Por qué el roto chileno carga con esta dualidad de ser heroico y despreciado al mismo tiempo?
Yo creo que por temas de clase. El roto heroico es el roto que sirve como carne de cañón; admirado en la Guerra del Pacífico por aquellos que tenían intereses en el norte como dueños de las salitreras, y que les convenía la guerra. Hacían regimientos con la gente pobre, pero cualquier familia de plata se sacaba en seguida el servicio militar de encima. Al roto heroico lo utilizan en la guerra, pero lo desprecian por pobre cuando ya no lo necesitan como carne de cañón.
Hay un ejemplo que recuerdo mucho: para el Estallido Social, cuando un grupo de personas fue a protestar a un mall del barrio alto, y otro grupo de ahí, que no estaba de acuerdo, comenzó a rotear a estas personas, y el insulto era precisamente que eran rotos… Uno sabe que cuando haya una guerra no va a pelear el dueño de una AFP o su hijo, van a ir los rotos; a lo mejor sí mandan a la guerra al junior de la AFP. En el fondo es una cuestión de clase.
Entrevistador: ¿Cómo explica que un personaje no sea recordado, pero el término sí perdure en el imaginario colectivo?
Montealegre: El humor gráfico tiene una fuerza cultural, especialmente en una época sin televisión ni redes sociales. Las revistas y diarios eran los medios principales de comunicación que la gente consumía, y eso termina permeando la sociedad de una manera más profunda. Hoy en día ya casi no hay revistas y diarios quedan muy pocos. Las representaciones del humor gráfico hoy están en los memes y las redes sociales actuales, tratándose de un fenómeno más global, atendiendo a una nueva realidad en términos culturales.
Entrevistador: ¿Cómo está la situación actual para el humor gráfico?
Montealegre: No es buena, pero no quiero hablar en contra de las redes sociales, porque, si bien no las manejo, entiendo que es la forma con la que se comunican las nuevas generaciones, y no es mi ánimo hablar en contra de eso. Sin embargo, la falta de revistas y diarios es una realidad que complica al humor gráfico como se conocía antaño, así como la reticencia de los empresarios a financiar la sátira política; obviamente no quieren que su marca y su imagen se asocie al humor gráfico crítico frente al poder que ellos encarnan. También está la censura, que recientemente se vio en el caso de la comediante Natalia Valdebenito. Ella hizo un chiste sobre la tragedia en la que recientemente murió un grupo de mineros. Era humor negro, quizás muy de mal gusto, pero la censura no corresponde; aunque el chiste sea malo o de mal gusto, y que incluso yo no esté de acuerdo, es parte de la libertad de expresión lanzar ese chiste.
Entrevistador: ¿Cuáles son las reflexiones que más le han llamado la atención sobre la evolución de la representación?
Montealegre: Al detenerme en los diversos periodos históricos de Chile, es evidente que bajo la dictadura el humor gráfico se usó para militarizar a los niños –con uniformes y cosas de ese tipo– utilizando símbolos como el cóndor con connotaciones negativas, con esta ave carroñera representando la guerra… es muy fuerte eso. El análisis del humor gráfico revela aspectos que no son evidentes a simple vista, incluyendo chistes discriminatorios que eran aceptables en el pasado pero que hoy no lo son. El humor puede reflejar la discriminación de clase, género y etnia, aunque eso no significa que con la modernidad esto sea aceptable, pero su erradicación tampoco es definitiva, porque hay mucha gente a la que hoy le gustaría volver al humor de antes.
Entrevistador: ¿Algo más que le gustaría destacar?
Montealegre: Agradezco el apoyo de la editorial Asterión, que le abre la puerta a estos temas, con financiamiento del Fondo Nacional del Libro y la Lectura, y el patrocinio del Departamento de Historia de la USACH, cosa que se agradece muchísimo para seguir contando con este tipo de publicaciones.





