En contextos de crisis, catástrofes y emergencias, el periodismo cumple una función social clave: entregar información verificada, contextualizada y útil para la ciudadanía. Informar sin alarmar no implica minimizar los hechos, sino comunicar con rigor, humanidad y responsabilidad democrática, considerando el impacto real que las publicaciones tienen en la percepción del riesgo, el comportamiento social y la toma de decisiones individuales y colectivas.

Por Lorena Bahamondes R.

En situaciones de emergencia —catástrofes naturales, crisis sanitarias, incendios, hechos de violencia o conflictos sociales— la información se transforma en un insumo vital, ya que la ciudadanía busca certezas, orientación y referencias claras en medio de la incertidumbre; en ese escenario, el periodismo no solo cumple un rol informativo, sino que influye directamente en la percepción del riesgo y en las conductas sociales, por lo que informar sin alarmar no constituye una opción editorial, sino una responsabilidad ética. En este sentido, una cobertura responsable puede contribuir a la calma, a la prevención y a la adopción de decisiones informadas, mientras que una mala práctica comunicacional puede generar miedo, confusión o desconfianza tanto en las instituciones como en los propios medios.

Asimismo, la presión por la inmediatez y la competencia por publicar primero aumentan el riesgo de errores con consecuencias reales, dado que titulares exagerados, cifras sin contexto, imágenes impactantes sin explicación o información no verificada pueden provocar pánico innecesario y desinformación; en emergencias, el daño de una noticia mal construida puede ser tan grave como la omisión de información relevante, razón por la cual la precisión debe primar por sobre la rapidez. Verificar fuentes, contrastar datos y explicar los hechos con claridad se vuelve entonces indispensable, especialmente cuando la población enfrenta situaciones de riesgo y alta sensibilidad emocional.

Del mismo modo, uno de los errores más frecuentes en estos contextos es el uso de un lenguaje sensacionalista, ya que expresiones como “caos”, “pánico” o “situación fuera de control”, cuando no están debidamente fundamentadas, amplifican el miedo colectivo; algo similar ocurre con la difusión reiterada de imágenes extremas sin advertencia ni contexto, las que pueden generar angustia innecesaria, particularmente en niñas, niños y personas mayores. A ello se suma la circulación de rumores y noticias falsas provenientes de redes sociales, frente a lo cual el periodismo no puede convertirse en un amplificador del ruido digital, sino que debe filtrar, jerarquizar y distinguir con claridad entre hechos confirmados, hipótesis y opiniones.

Finalmente, las buenas prácticas en emergencias incluyen priorizar fuentes oficiales y expertas, explicar procesos técnicos en un lenguaje accesible, evitar la especulación y rectificar errores con rapidez y transparencia, al tiempo que implican considerar el impacto emocional de los contenidos y respetar la dignidad de las personas afectadas, evitando la revictimización. Informar sin alarmar no significa suavizar la realidad, sino comunicar con responsabilidad, entendiendo que la información es un servicio público y que, en tiempos de crisis, la credibilidad se construye demostrando compromiso con la verdad, el contexto y el bienestar colectivo.

INFORMAR DE MANERA CONSCIENTE IMPLICA, HACERLO CON ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL.

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