Por Mónica Silva Monge
El periodista y escritor Guillermo Hormazábal Salgado –quien fuera presidente del Círculo de Periodistas, y también presidente nacional del Colegio de la Orden – presentó su libro Entre la voz y el miedo: Periodismo en dictadura, radio, iglesia y familia, el pasado lunes 8 de septiembre en el Teatro Camilo Henríquez, a tablero vuelto.
El libro recoge momentos de vida del autor, de crecimiento personal acelerado merced a su capacidad de resiliencia a partir de su niñez. Su biografía personal aparece trenzada con episodios de persecución política para el periodismo opositor a la dictadura civil-militar, periodo marcado por la censura y la represión, abordando el rol de nuestra profesión en ese sombrío y largo capítulo de la historia nacional, como un espacio de resistencia y resguardo de la verdad. “Esta no es sólo la voz de un periodista. Es la de muchos, en tiempos donde pensar distinto era un riesgo y hablar era un acto de valentía”, destaca. En esta línea, recuerda su difícil trabajo en Radio Chilena y, asimismo, su secuestro mientras –a instancias del Cardenal Raúl Silva Henríquez, fundador de la Vicaría de la Solidaridad– había asumido como Director de Opinión Pública del Arzobispado.
¿Qué te llevó a escribir lo que cuentas en este libro?
Guillermo Hormazábal: Es dejar un testimonio. Es recordar, contribuir a la memoria. Creo que es una importante herramienta del periodismo: sin la memoria periodística, el poder hegemónico impone su versión y el silencio se adueña del lugar que debe ocupar la verdad.
Contar lo vivido no es para mí un acto de nostalgia, sino una responsabilidad. La memoria periodística nace del testimonio: reportear, narrar y preservar lo que otros quieren borrar. Para mí, la memoria también es informar: sin memoria no hay verdad y sin verdad no hay libertad; el periodismo existe, entre otras cosas, para ser voz de quienes se atreven a contar.
Destacas el papel desempeñado por Radio Chilena…
GH: Exactamente, entonces surge Radio Chilena, La voz de los sin voz, como señalaba uno de sus lemas. Creo que la democracia, esa que en Chile recuperamos el año 1990, le debe mucho a hombres y mujeres periodistas, radiocontroladores y locutores que trabajaron en la radioemisora poniendo en riesgo sus vidas y la de sus familias en aquellos oscuros años de dictadura.
También sobresale en tu libro, la persona del Cardenal Silva Henríquez
GH: Exactamente, puesto que nuestro país le debe mucho a la Iglesia Católica que estuvo encabezada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien, con su palabra y acción suplicó una y otra vez, que las armas y el poder no destruyeran el alma de Chile. Junto con crear la Vicaría de la Solidaridad, que está cerca de conmemorar 50 años de su creación, el llamado “Cardenal del pueblo” impidió que Chile sufriera aún más tormentos y desgracias que los vividos por miles de chilenos y chilenas.
Y finalmente debo agregar que me motivó fuertemente recordar a la familia, lugar donde se transmiten valores, creencias y tradiciones culturales que sirven de apoyo y fortaleza para emprender, vivir y hacer posible lo que creemos que es correcto.
¿Cuándo y cuántos años trabajaste en Radio Chilena?
GH: Radio Chilena fue prácticamente mi primer trabajo profesional como periodista. Ingresé en enero de 1975. Fui reportero por casi dos años, luego fui ascendido a Jefe de Informaciones y más tarde a Jefe de Prensa. En 1983 asumí la Dirección Responsable de la emisora hasta el año 1987. Ese año presente mi renuncia voluntaria después de encabezar la cadena radial del país que transmitió la visita del Papa Juan Pablo II a Chile. Sentí que había cumplido una etapa importante en mi vida profesional. Al año siguiente se efectuó el plebiscito nacional, donde la ciudadanía a través del voto le dijo NO a Pinochet y se abrió paso para las elecciones libres que nos condujeron a la recuperación de la democracia.
¿Qué destacarías de tu paso por Radio Chilena?
GH: Trabajar en Radio Chilena, una radio de la Iglesia Católica, por trece años, durante casi toda la dictadura, dejó en mí una impronta en lo personal y profesional que permanece hasta el día de hoy.
Esto, porque durante los años que trabajé en ella pude apreciar la calidad humana y profesional de quienes allí desarrollaron parte importante de su vida profesional.
Mi libro lo titulé Entre la voz y el miedo. Dos palabras con profundos significados:
Primero, la voz. A través de la nuestra siento que representamos a millones de chilenos que en aquel entonces no podían levantar la suya. De allí nuestro lema la voz de los sin voz. Siento que a través de nuestro trabajo pudimos hablar de lo que otros no podían o no querían decir. Lo digo porque, a diferencia de los medios de comunicación oficiales de ese periodo, en Radio Chilena nos atrevimos a hablar con verdad, nombramos a los detenidos desaparecidos por su nombre y servimos a quienes fueron a golpear nuestras puertas al sentirse desamparados frente a tantos abusos. Estas personas, como lo expresan diversos testimonios, sentían que la radio los escuchaba y los acogía.
La otra palabra que compone el título del libro es el miedo. Porque también lo vivimos. Muchos éramos seguidos por los servicios de seguridad de la dictadura. También por los civiles no identificados que atacaban a nuestros periodistas cuando reporteaban manifestaciones y jornadas de protestas a través de las cuales la gente quería expresarse.
Hay que recordar que entonces se había eliminado el Congreso Nacional, los tribunales de justicia estaban cooptados, no existían sindicatos ni colegios profesionales, como tampoco ninguna organización que pudiera defender los derechos de los ciudadanos, incluyendo el derecho a la vida.
Mencionas un episodio de secuestro político…
GH: Sí. No es un tema fácil. Te contestaré porque refleja lo que se vivía en el país en general y en Radio Chilena, en particular. En el libro está relatado en extenso.
El 30 de julio de 1980, mientras íbamos a almorzar con el colega Mario Romero, quien había trabajado en nuestra emisora y que en ese momento se desempeñaba como jefe de prensa de Radio Presidente Ibáñez de Punta Arenas, fuimos secuestrados por cinco individuos. Esos de traje y lentes oscuros que se paseaban como Pedro por su casa a lo largo y ancho del país: era la policía secreta de la dictadura, que en este caso resultaron ser detectives. Se hicieron llamar Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA.
Nos introdujeron en una camioneta sin patente, nos vendaron la vista, nos llevaron a lugares desconocidos donde nos interrogaron. A mí, durante diez horas; a Mario, quince horas. En aquel tiempo, además de ser jefe de prensa de la Radio, hacía un mes que el Cardenal Silva Henríquez me había designado como Director de Opinión Pública del Arzobispado, es decir, a cargo de la relación de la prensa con la principal autoridad espiritual del país .
Recuerdo que el Cardenal me dijo: “Es un trabajo arriesgado”. Un mes después comprobé que, efectivamente, era arriesgado.
Durante nuestro secuestro siempre estuvimos vendados. Antes de mi liberación se encargaron de amenazarme a mí, a mi señora y a los dos hijos que estaban en el jardín infantil, con que podrían sufrir un accidente si yo relataba lo ocurrido.
El secuestro causó alarma pública y el ministro del Interior de Pinochet pidió a la justicia un ministro en visita que, como era habitual en ese tiempo, nada hacían, y mucho menos justicia. Mario fue puesto en libertad –después de mi liberación– tras sufrir diversas torturas en todo su cuerpo. Él continuó con su vida profesional y creo que nunca pudo recuperarse de los momentos vividos. Hace dos años, decidió poner fin a su vida.
Otro de los secuestrados por el COVEMA, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica que hacía su práctica profesional en Radio Chilena, murió como consecuencia de las torturas recibidas por estos individuos.
Era la dictadura, esa que vivimos millones, pero que muchos, en especial las nuevas generaciones, no la vivieron. Ese periodo de autoritarismo que algunos jamás quisieron reconocer y que hoy quieren resucitar.





