La comunicación es un derecho humano y las mujeres periodistas estamos para defenderlo y lo reivindicamos en este día que conmemora a las mujeres en el mundo entero, en reconocimiento a sus luchas por construir una sociedad con igualdad que permita que sea más humana.
Claro ejemplo han sido los testimonios que acabamos de escuchar y que nos emocionan –con una Manola[1] que salía a cada rato en plena dictadura– por esos tambores que anunciaban que “el Diario de Cooperativa está llamando”. Era imposible seguirle el ritmo a la Manola, ya fuera en salud, en economía o en cualquier frente, porque ella era la innata reportera, la reportera de hasta una tortuga.
Lidia[2] nos reencanta con este compromiso con la dirigencia gremial, por querer asociarnos en esos días tan difíciles y ariscos, pero también con la seriedad y profundidad con que se tomaba todas sus responsabilidades.
Y Diana[3], con quien compartimos la misma casa de formación, nos estremece por la entrega que hizo de su vida al servicio de los más pobres para que tuvieran una existencia más digna.
Estamos hoy nuevamente aquí, en este emblemático Teatro que ha servido de espacio creativo para tantas autoras, dramaturgas y actrices, para decir con fuerza, que defenderemos nuestras conquistas, porque bien sabemos que no han sido concesiones sino conquistas arrancadas a estructuras de poder que históricamente nos excluyeron. Nos han costado dolores, encarcelamiento y muchos sacrificios.
Elogiamos y reconocemos a las pioneras que iniciaron la larga batalla por el derecho a educarnos, a saber leer y escribir, a ir al colegio y a la universidad, al trabajo en igualdad de condiciones, al voto, al control de la natalidad, a los derechos reproductivos en general; a denunciar el acoso y, sobre todo, al derecho básico y fundamental de estar vivas y libres de violencia.
Pero no basta con enumerar derechos. Es necesario comprender lo que enfrentamos.
La desigualdad de género no es un accidente ni una suma de casos aislados: es una estructura social que organiza el poder, distribuye el tiempo, define quién cuida y quién decide, quién habla y a quién se le escucha.
La evidencia es clara: las mujeres sostenemos mayoritariamente el trabajo de cuidados, no remunerado; enfrentamos brechas salariales persistentes; ocupamos menos espacios de toma de decisión, y seguimos siendo quienes más sufrimos violencia en el espacio doméstico y público. Esto no es una percepción, es una realidad estadística, económica y cultural.
Sobre los retrocesos en nuestros derechos
La lucha de las mujeres no es una línea en continuo ascenso. Tiene avances y retrocesos. Y los retrocesos ocurren cuando se naturaliza la desigualdad, cuando se relativiza la violencia, cuando se instala la idea de que ya “todo está logrado”.
Lo vivimos en la pandemia: ¿quién debió quedarse en casa para asumir el cuidado y las tareas de los niños? ¿Quién debió renunciar al trabajo? ¿Dónde se perdieron más fuentes laborales? En las guerras seguimos siendo botín de ultraje. En las crisis económicas, el eslabón más débil. Cada emergencia revela con crudeza lo que la normalidad oculta.
Hoy, además, no podemos ignorar lo que ocurre en Gaza. El genocidio que allí se denuncia ante el mundo tiene un rostro profundamente femenino: mujeres y niñas asesinadas, desplazadas, privadas de alimentos, de salud y de futuro. Tampoco olvidar a las mujeres periodistas que han perdido la vida intentando informar en medio de la devastación. Cuando una periodista muere en un contexto de guerra, no solo se pierde una vida; se silencia una mirada, se apaga una verdad, se debilita la memoria colectiva.
Por eso no podemos bajar la guardia. Porque los derechos no son irreversibles. Y la historia reciente del mundo lo demuestra.
Pero hoy, además, enfrentamos un desafío nuevo y complejo como periodistas. Vivimos en la era de la sobreinformación y, paradójicamente, de la desinformación masiva. Nunca hubo tantos datos circulando y, sin embargo, nunca fue tan fácil manipular emociones, fragmentar la verdad y erosionar la confianza pública.
Los algoritmos priorizan la indignación; la industria del entretenimiento trivializa el debate; y la mentira organizada viaja más rápido que la verdad verificada. En ese contexto, el periodismo no es solo un oficio: es una defensa democrática.
Tenemos la obligación ética de buscar nuevas formas de llegar a la ciudadanía con los principios claves de nuestra profesión: información veraz, contextualizada y oportuna, que permita formar conciencia crítica. Porque cuando la verdad se debilita, la democracia se debilita. Y cuando la democracia se debilita, los derechos de las mujeres son siempre los primeros en estar en riesgo.
Sabemos que muchas veces parece la pelea de David contra Goliat. Pero también sabemos que la historia demuestra que la valentía, la organización y la inteligencia pueden más que la censura y el miedo. En Chile ya lo vivimos. Durante 17 años, periodistas viejos y jóvenes formaron un cordón capaz de vencer la censura, el temor y la opresión. La agudeza y el ingenio se impusieron en hojitas que corrían por las poblaciones, luego en radios, revistas y diarios.
Hoy el ingenio también brota en ese mismo espacio digital por el que intentan distraernos. Y vemos a verdaderas lumbreras haciendo esfuerzos enormes por contextualizar el vertiginoso acontecer noticioso y devolverle profundidad a la conversación pública.
Saludo hoy, en este día, como presidenta del Círculo de Periodistas de Santiago, a todas las colegas que no descansan en idear nuevas formas de comunicación e información. Cuenten con nosotros. Este Círculo las apaña y las admira, porque son la continuidad de ancestras que rompieron moldes en una sociedad que fue profundamente restrictiva.
Las puertas están abiertas. A trabajar duro. Las queremos, las respetamos. Unidas somos fuertes y organizadas somos una plataforma poderosa.
Muchas gracias.
[1] Manola Robles, apreciada periodista chilena, de valiente rol como reportera
[2] Lidia Baltra, periodista chilena, dirigente del Colegio de Periodistas 1981-1994 y presidenta nacional del Tribunal de Ética.
[3] Diana Arón, periodista secuestrada a los 24 años por los agentes de la dictadura de Pinochet, hoy detenida-desaparecida.





