Por Lorena Bahamondes R.
En tiempos de inteligencia artificial, algoritmos y participación masiva, el periodismo enfrenta uno de sus mayores desafíos: sostener principios éticos claros cuando ya no siempre es posible identificar con nitidez quién crea, quién edita y quién amplifica la información.
La irrupción de la inteligencia artificial en los procesos informativos ha transformado profundamente la manera en que se produce, distribuye y consume el periodismo. Hoy, una noticia puede nacer de un periodista, ser editada con apoyo de una herramienta automatizada, circular por redes sociales impulsada por algoritmos y ser reinterpretada, comentada o incluso modificada por audiencias activas. En este escenario, la autoría —tradicional pilar del ejercicio periodístico— comienza a diluirse.
Frente a este nuevo ecosistema, la pregunta ya no es solo tecnológica, sino ética: ¿cómo resguardar los principios del periodismo cuando los límites entre humanos, máquinas y audiencias se vuelven difusos?
La ética periodística no depende del soporte ni de la herramienta, su fundamento sigue siendo el mismo: la búsqueda de la verdad, la verificación rigurosa de los hechos, la responsabilidad social y el respeto por las personas. Sin embargo, el contexto actual exige reforzar estos principios y traducirlos a nuevas prácticas.
Uno de los primeros desafíos es la transparencia, vale decir, cuando se utilizan herramientas de inteligencia artificial para redactar, editar, traducir o analizar información, el público tiene derecho a saberlo. No se trata de demonizar la tecnología, sino de evitar la opacidad. La confianza se construye cuando el medio y el periodista explicitan cómo se produce la información.
Otro eje central es la responsabilidad editorial, aunque una máquina pueda sugerir titulares, resumir textos o generar contenidos, la decisión final siempre debe recaer en personas. No existe algoritmo ético sin supervisión humana. El criterio profesional, la contextualización y la sensibilidad social no pueden ser delegados a sistemas automatizados.
La participación de las audiencias abre, sin duda, nuevas oportunidades, pero también riesgos. Hoy los públicos no se limitan a consumir noticias: las comentan, las reinterpretan y las viralizan, influyendo activamente en su circulación y sentido. Este escenario obliga a reforzar la educación mediática, tanto al interior de las redacciones como hacia la ciudadanía. Un periodismo ético no solo informa, sino que también contribuye a formar audiencias más críticas, informadas y conscientes de su responsabilidad en el ecosistema informativo.
Asimismo, se vuelve imprescindible actualizar los códigos de ética, no olvidar que, muchos fueron pensados para un periodismo analógico o digital temprano, pero no contemplan dilemas como la autoría compartida con IA, la manipulación algorítmica de contenidos o la circulación de información sintética que imita fuentes reales, revisarlos no significa renunciar a los valores históricos, sino fortalecerlos.
En este contexto, el rol de las organizaciones profesionales, como el Círculo de Periodistas, cobra especial relevancia, dado que, son espacios llamados a promover el debate, la formación continua y la construcción colectiva de criterios éticos que orienten el ejercicio del periodismo en tiempos de cambio acelerado.
La tecnología seguirá evolucionando, las plataformas cambiarán y las audiencias también, sin embargo, no puede diluirse la responsabilidad ética del periodismo como servicio público. En un mundo donde la autoría se fragmenta, la ética debe ser el punto de anclaje que devuelva sentido, credibilidad y humanidad a la información.





