por Lorena Bahamondes
Un año más llega a su fin y, entre despedidas, aprendizajes y nuevos desafíos, el periodismo vuelve a recordarnos por qué elegimos este camino: acompañar, interpretar y servir a la sociedad, incluso cuando duele, incluso cuando cuesta.
Cada fin de año nos invita a detenernos, y no para mirar atrás con nostalgia gratuita, sino para revisar qué hicimos, qué aprendimos y qué nos queda por construir. En el Círculo de Periodistas, lo sabemos bien: el ritmo de la actualidad no nos da tregua, pero el sentido profundo de nuestro oficio exige pausa, reflexión y humanidad.
El 2025 no fue un año sencillo, en nuestras redacciones, organizaciones, empresas y territorios convivieron luces y sombras: noticias que trajeron esperanza, investigaciones que aportaron claridad y, también, pérdidas que nos golpearon en lo personal y en lo colectivo. Muchos colegas – me incluyo-despidieron a familiares, amistades y compañeros de camino. En esos momentos, el periodismo dejó de ser solo una profesión para transformarse en refugio, en comunidad y, sobre todo, en un recordatorio que estamos aquí para contar la vida tal cual es: frágil, impredecible y profundamente valiosa.
Ser periodista no es solo narrar hechos, es intentar comprenderlos, situarlos en contexto, abrir conversaciones necesarias y dar voz a quienes no la tienen. Es sostener la ética cuando el ruido es fuerte, cuando la desinformación se multiplica y cuando el cansancio amenaza con desalentar. Nuestro trabajo sigue siendo —y quizá hoy más que nunca— un servicio público, sin duda, y como siempre se dice: una forma de apostolado laico, comprometido con la verdad, con la memoria y con la dignidad humana.
En este año que termina, vimos cómo la tecnología, las redes sociales y los cambios culturales transforman la manera de informar, y el desafío no es menor: adaptarnos sin perder el rigor; innovar sin abandonar la verificación; comunicar con cercanía, pero sin caer en el simplismo. La pregunta que nos acompañó fue siempre la misma: ¿para qué hacemos periodismo? Y, una y otra vez, la respuesta apareció clara: para construir ciudadanía, fortalecer la democracia y mantener viva la conversación social.
También hubo buenas noticias. Proyectos que se consolidaron, medios que resistieron con creatividad, colegas que se reinventaron, investigaciones que lograron impacto, y jóvenes que decidieron estudiar periodismo porque siguen creyendo que vale la pena. Cada iniciativa, cada reportaje bien hecho, cada historia contada con respeto y sensibilidad, fue una pequeña victoria frente al desencanto.
Sabemos que nuestras condiciones laborales no siempre son fáciles, la precarización, la inestabilidad y el estrés permanente forman parte de una realidad que duele. Sin embargo, también sabemos que el apoyo mutuo, la organización y los espacios de encuentro como el Círculo permiten sostenernos y proyectar metas comunes. Aquí dialogamos, discrepamos, construimos memoria y celebramos nuestros logros, porque el periodismo no se ejerce en soledad: se teje colectivamente.
Este fin de año nos invita, además, a mirar hacia dentro. ¿Qué metas personales conseguimos? ¿Cuáles quedaron pendientes? ¿Qué podemos hacer mejor? A veces, la autoexigencia nos colapsa y olvidamos reconocer el esfuerzo cotidiano: la madrugada de cierre, la entrevista que costó conseguir, la edición minuciosa, la cobertura que nos removió por dentro. Cada uno de esos gestos habla de compromiso y amor por el oficio.
Y cuando el ánimo decae —porque decae— conviene recordar que ninguna historia es pequeña si ayuda a alguien a comprender mejor su realidad. No todo es escándalo es trending topic: también hay periodismo en las crónicas de barrio, en los testimonios de comunidades invisibilizadas, en el seguimiento paciente de causas que tardan años en resolverse. Ahí está el corazón de nuestro trabajo.
Perder seres queridos en medio de este quehacer nos vuelve más conscientes de lo esencial, y nos recuerda que, detrás de cada cifra, hay personas; detrás de cada titular, hay vidas. Tal vez por eso el periodismo, cuando se ejerce con sensibilidad, se parece tanto a un acto de cuidado. Cuidamos la información, cuidamos las palabras y, de algún modo, también cuidamos a quienes nos leen, escuchan o miran.
De cara al 2026, el desafío es seguir construyendo un periodismo que interpele sin herir gratuitamente, que investigue sin miedo, que dialogue con la ciudadanía y que sepa decir “no” cuando las presiones intentan torcer el rumbo. Necesitamos fortalecer la ética, la formación continua y la colaboración entre generaciones. Los mayores aportan experiencia y memoria; los más jóvenes, energía y nuevas miradas. Esa mezcla es una oportunidad, no una amenaza.
Soñemos metas concretas: mejores estándares de fact-checking, más espacios para el periodismo de investigación, formación en bienestar y salud mental, y proyectos que acerquen el oficio a colegios y barrios, pensemos en una vinculación con el medio, el periodismo que queremos no se improvisa: se planifica, se cuida y se defiende.
Al cerrar este año, agradezcamos también a quienes confiaron en nuestro trabajo, a quienes nos corrigieron con respeto, a quienes nos abrieron sus casas y sus dolores para contarnos una historia. Sin esa confianza, nada sería posible. Y agradezcamos a nuestros colegas —los visibles y los silenciosos— que día a día sostienen el funcionamiento de los medios: editores, fotógrafos, camarógrafos, diseñadores, sonidistas, community managers, reporteros y tantas otras manos imprescindibles.
Que 2025 termine con la serenidad de saber que hicimos nuestro mejor esfuerzo. Que las pérdidas se transformen en memoria y aprendizaje. Que las metas que no alcanzamos nos inspiren a insistir, sin desánimo y con humildad. Y que el apostolado de ser periodista —ese llamado profundo a servir con la palabra y la verdad— siga guiando nuestro andar.
Porque, al final, no se trata solo de contar el mundo: se trata de contribuir a que sea un lugar un poco más justo.
Con afecto y esperanza
Lorena Bahamondes





