Por Ignacio Kokaly
La tarde del día jueves 27 de noviembre, la periodista y psicóloga, Gladys Díaz –reconocida internacionalmente debido a su lucha por los Derechos Humanos– presentó en el Círculo de Periodistas de Santiago su más reciente libro “Aferrada a mi balsa” (CEIBO).
En el relato biográfico, la profesional de las comunicaciones, que en ese tiempo era directora del periódico del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), El Rebelde, se adentra en uno de los capítulos más oscuros tanto de su vida como de la historia reciente de Chile, narrando en estas líneas como fue su secuestro en 1975 por agentes al servicio de la dictadura y las torturas a las que fue sometida junto a otros compañeros en Villa Grimaldi.
Si algo destaca de su paso por el centro de detención y torturas clandestino, es que nunca se quebró ante el horror; no gritó ante los crueles tratos de sus captores, no entregó los nombres ni chapas de sus camaradas en el MIR, e incluso escupió un cigarro que Marcia Merino –conocida como “La Flaca Alejandra”– le puso en su boca para calmar la ansiedad.
Además de los ideales y la convicción, aquello que le permitió resistir el horror al que se enfrentó fue un sueño que emergió desde lo más profundo de su subconsciente.
En entrevista con el Círculo de Periodistas de Santiago, Gladys Díaz habla sobre este íntimo registro, refiriéndose además al crispado ambiente político que se vive en el país de cara a la segunda vuelta de elecciones presidenciales que enfrentarán a Jeannette Jara, de la coalición izquierda/centro izquierda, y a José Antonio Kast, de la ultraderecha.
P: Este libro, «Aferrada a mi balsa», ¿a qué tipo de lector se dirige?
Yo creo que, en primera instancia, a todas las personas que vivieron las atrocidades de la dictadura. Por lo tanto, es un libro escrito con mucho afecto y dedicación, para también -y especialmente- conectar con los jóvenes. Pienso que puede parecerles interesante. Pero yo dirijo este libro fundamentalmente a las jóvenes generaciones que no nacieron ni existían para el tiempo del golpe y, por lo tanto, la información que les ha llegado es sesgada, no completa, no auténtica.
Leyendo este libro van a quedar mucho más interesados en defender las ideas de la democracia y de la libertad para el futuro, de tal manera que no volvamos como país a vivir una situación tan desastrosa como la que vivimos en dictadura.
P: ¿Diría que este texto es como una carta de una joven del pasado para los jóvenes actuales?
Nosotros somos la generación joven que se la jugó todo por tener un mundo mejor, que se la jugó a tal punto que muchos de ellos incluso llegaron a perder la vida. Y por eso tenemos la autoridad moral para dirigirnos a los jóvenes de hoy y para pedirles que reflexionen antes de cada paso que dan que pueda poner en peligro la libertad del país. Especialmente en este contexto que vivimos ahora, en este momento preelectoral, en que tenemos mucho peligro de que regresen las medidas más fascistoides de la política chilena.
P: ¿Cómo afecta este catastrófico escenario a los periodistas?
Tenemos un candidato que ha hecho de la mentira una comunicación con el pueblo. Por lo tanto, oculta muchas de las cosas siniestras que piensa hacer si llega a ser presidente. Eso es fulminante cuando hablamos del ejercicio de la profesión periodística. Especialmente los periodistas somos los que más perdemos profesionalmente la posibilidad de trabajo y hasta de decir la verdad, en momentos totalmente verticalistas como los que se anuncian para el próximo tiempo, si es que gana José Antonio Kast.
P: ¿Cómo definiría la prosa de este libro?
El libro es un relato que tiene muchas características propias de un periodista profesional que cuenta los sucesos tratando de separarlos de sí mismo, para que lleguen a los lectores de la manera más verídica posible. No es una crónica. Está enmarcado en lo que son las cosas testimoniales, pero además es biográfico, porque está escrito en primera persona.
P: Un elemento central en el libro es la solidaridad. ¿Cómo la describiría usted y qué rol jugó mientras usted estaba secuestrada en Villa Grimaldi?
Yo creo que la solidaridad entre los humanos es una de las búsquedas más importantes de la gente cuando logra un nivel de conciencia realmente profundo, porque todos sabemos que individualmente somos muy poca cosa, respecto de las posibilidades reales que tenemos cuando nos organizamos y nos hermanamos con el otro, especialmente en situaciones de dificultad, de vulnerabilidad. Nosotros, en la Villa Grimaldi, que es lo que cuenta el libro, estábamos en una situación de fragilidad total. Por lo tanto, el unirnos sobre la base de lo similar que estábamos viviendo y ayudarnos y apoyarnos en lo que podíamos, de una manera tremendamente espiritual y física, y darnos la palabra de aliento en el momento preciso, se convirtió en una de las herramientas de resiliencia más importante que logramos construir entre las personas prisioneras en ese lugar.
P: Más allá de resiliencia, ¿podríamos hablar de la solidaridad también como un acto de resistencia?
Yo creo que la resistencia que nosotros estábamos haciendo a la dictadura bajo las distintas políticas de partido se continúa dentro del estado de prisionero, porque es cuando más necesitamos ser resistentes para que ellos no se apoderen de lo que es la capacidad de resistir y la capacidad de mantener la libertad interior a pesar de estar preso.
P: O sea, cuando más uno necesita al otro para continuar…
Cuando más necesita al otro y cuando más necesita conservar la libertad de elección, porque nosotros estábamos prisioneros, estábamos vendados, estábamos con esposas, estábamos encadenados desde los pies, pero sin embargo podíamos elegir si hablábamos y correspondíamos a lo que ellos querían que les entregáramos como información valiosa para destruirnos o si podíamos callar. Siempre existía la libertad de elección interior y eso nos permitía sentirnos que a pesar de estar presos éramos libres de optar.
P: ¿En el libro se aborda su aproximación con la Flaca Alejandra? Lo pregunto porque después usted fue una de las pocas personas que se dirigió a ella cuando confesó finalmente y pidió perdón a las familias de los detenidos desaparecidos.
Esa es una situación que ha causado mucha controversia, pero yo la sigo defendiendo porque tiene que ver con mi manera de ver la vida. Si una persona se arrepiente y logra pedir perdón y, por lo tanto, entregar toda la información que tiene respecto del tiempo que ella, que sin duda tuvo acceso a una información que nosotros no teníamos dentro de Villa Grimaldi, a mí me parece que esa persona, cuando toma esa decisión se pone en peligro, porque está de alguna manera traicionando a quienes antes servía. Si nosotros no los recibimos cuando ella pasa para este lado, la ponemos en situación de muerte. Entonces, por lo tanto, para mí recibirla, en vista de que ella había pedido perdón y estaba dispuesta a entregar toda la información que tenía, yo, por supuesto, recupero a la militante que un día ella fue.
P: En este sentido, ¿podríamos hablar de una suerte de perdón?
No, no es un tema de perdonar. Yo no creo en la palabra perdón. Yo creo que para que haya perdón no solo se requiere decir todo lo que tú hiciste, no tiene importancia, porque las cosas que se hicieron tienen mucha importancia. Tú no las puedes disolver.
Yo creo que la Flaca Alejandra es bien consciente de que su quiebre personal causó mucho daño y ella asume esa responsabilidad. Pero de ahí a hablar de perdón, no. Para mí la palabra perdonar es una palabra muy católica, y yo no soy católica. Es decir, yo lo que puedo hacer es lo que yo he hecho conmigo misma, que es sacarme todo el odio, toda la rabia, todos los deseos de venganza y solamente exigir justicia. ¿Por qué? Porque el tener odio y el tener deseo de revancha y todo eso, a quien daña finalmente es a mí. Y yo me he sacado eso del corazón, o sea, yo me puedo enfrentar a ello desde otro lugar, desde el lugar de reconocer lo que me hicieron y por lo cual los responsables no solo tienen que pedir disculpas, sino que tener ante la justicia la responsabilidad de asumir lo que les corresponde.
P: Y el siguiente paso es la reparación, si es que existe algo similar a ello.
Cualquier psiquiatra te lo puede señalar, no hay reparación posible para quien haya sido atrozmente torturada. No hay reparación posible en ningún plano. Lo único que uno puede pedir es justicia, pero reparación nunca habrá porque no es humano el agredir al otro de esa manera tan cruel. Entonces, por lo tanto, no hay nada que te haga decir: “esto me reparó completamente y ahora no me importa nada de lo que me hayan hecho”.
P: Quiero saber de dónde surge el nombre de este libro, «Aferrada a mi balsa»
De un sueño que tuve un día muy amargo que pasé en la Villa Grimaldi, donde fui muy atrozmente torturada. En la noche soñé que estaba en medio del mar a punto de ahogarme y que tenía un madero, que era una balsa de la cual yo me aferraba y que era la única forma de aferrarme a la vida. Entonces, de alguna manera, ese sueño se convirtió en un símbolo y cada vez que yo me sentía fragilizada, yo hacía como que estaba agarrada de mi balsa, y que yo ahí me defendía de las olas del mar y eso evitaba que me ahogara. Eso se convirtió en un símbolo, sentí que mi libro tenía que llamarse así.
P: ¿Cuál fue la reflexión a la que llegó después de escribirlo?
La reflexión es que es posible resistir bajo cualquier condición, siempre y cuando uno cuente con las herramientas suficientes para enfrentarlo.
P: Hay una frase que se destaca en el libro, que es “tendemos a vernos en soledad”. Quiero saber y preguntarle, ¿cómo el individualismo se ve reflejado en los problemas sociales que actualmente enfrentamos?
Lo que estamos viviendo actualmente es producto de la forma de implantar el modelo neoliberal, que para ello era fundamental exacerbar el individualismo en la gente con el fin de alimentar el consumismo y sostener el modelo político, económico y social que implantaron los Chicago Boys. Eso, de alguna manera, quedó reflejado en la Villa Grimaldi en la medida en que nosotros, del individualismo dejamos totalmente todas sus características fuera, y fue la forma de colectivizar el dolor, de colectivizar el apoyo, como nosotros vencimos el tremendo trastorno que significa la vida de un ser humano una vez que es apresado por el aparato represor de una dictadura.
P: ¿Cómo podríamos motivar a los jóvenes a lograr una unión similar?
Yo creo que los jóvenes tienen, primero que todo, la tarea de buscar formas de organización, seguramente más novedosas que las que tuvimos nosotros, pero lo más importante es que aprendan a sumar fuerza y aprendan a compartir sueños y aprendan a darle sentido a su vida dedicando una parte de ella a cosas sociales, que de alguna manera ayuden a mejorar la calidad de vida y la igualdad de oportunidades de la gente del país en que hemos vivido. Ellos tienen este tremendo desafío y no es fácil porque les corresponde actuar en un mundo con muchas dificultades y con mucha desorientación. Pero ellos encontrarán la forma de organizarse de la mejor manera y construir las bases para luchar por un mundo mejor y eso significa mejorar en muchos planos, en el plano social, psicológico, afectivo, profesional y estudiar, estudiar para estar en mejores condiciones de hacer las mejores elecciones.
P: Última pregunta, porque hay algo que mencionó ahora, que es el tema del sentido. El modelo liberal no tiene mayor sentido que un crecimiento ad infinitum, que es imposible. Entonces, esta forma de unión social y de unirse generacionalmente para mejorar la calidad de vida, como mencionaba, ¿es una forma también de encontrarle sentido a la vida? Porque el sinsentido es precisamente algo que aqueja mucho a la juventud actualmente.
El modelo neoliberal propone a los jóvenes que el consumismo, algo tan aterrador como lo que es perder totalmente la brújula, y creer que el tener es un sentido que se le da a la vida, en circunstancias de que jamás las cosas materiales van a darle sentido a la vida. La prueba está en que la gente, en la medida que acumula y acumula, más pierde el sentido de una vitalidad que valga la pena. La generación mía tuvo el privilegio de darle sentido a la vida de nosotros en la militancia, en la capacidad de entregar lo mejor de sí mismo, en mérito de los demás, en mérito de poder construir sociedades más justas, más legítimamente reproductivas de cariño, de afecto y de solidaridad. El llamado que uno le puede hacer a los jóvenes es a que le den sentido a su vida, poniendo su energía con el objetivo de mejorar la sociedad.





