Por Margarita Bastías[1]

El nuevo año se apareció de manera violenta con una incursión de los EE.UU. en Venezuela, donde el presidente Donald Trump dejó en claro y sin escrúpulo alguno que lo que le interesaba del rico país sudamericano no era su democracia sino su petróleo, pues posee las mayores reservas del anhelado crudo, en el mundo.

En febrero, vimos como el prestigioso Washington Post desvinculaba al tercio de sus periodistas porque así se le ocurrió al millonario Jeff Bezos, que no quiere enemistarse con Trump. El que fuera símbolo de la libertad de prensa por su elogiada investigación periodística que obligó en 1974 a Richard Nixon a renunciar al máximo cargo en la Casa Blanca, por haber mentido a los estadounidenses, ha quedado gravemente herido. Hoy día son otras las normas que prevalecen y los gobiernos quieren acumular más poder, sin fiscalización alguna.

Menudo desafío tenemos hoy los periodistas, cuando el poder hace todo lo posible por desacreditar a los medios que lo critican, que son los no hegemónicos o independientes, pretendiendo asfixiarlos. El poder aspira a reemplazar el diálogo con la prensa por monólogos sin preguntas o simplemente con un tuit mediante el cual dan por informada a la ciudadanía.

¿Qué hacer en este contexto?

En los próximos días asume un nuevo gobierno, cuya cara nos recuerda los tiempos de la dictadura y los duros momentos vividos por la prensa cuando se implantó la censura previa con una oficina, la Dinacos[2], que revisaba todos nuestros textos.

En el largo y débil tránsito hacia la democracia chilena tampoco tuvimos apoyo para mantener medios que sostuvieran el necesario contrapeso social de una ciudadanía informada de manera veraz y oportuna. Los dejaron caer uno a uno, sin importarles los vacíos de información y de formación  que dejaban a su paso y que hoy se lamenta.

A ello se agrega que hay generaciones que no leen y de lo que leen, poco entienden.  por la poca capacidad innovadora de la educación pública, profesores descontentos con la deuda histórica recién saldada, en una mínima medida; la proliferación de universidades de bajo nivel creadas sin amor por la educación, sino como empresas, mientras que las universidades tradicionales se vieron obligadas a autofinanciarse, todo ello, además de bajos presupuestos para la cultura y el IVA al libro.

El espíritu reflexivo y crítico ha sido reemplazado por la banalidad, el mal gusto, la chabacanería. Se dice que eso es lo que la gente pide y quiere, lo que marca la medición de audiencias, el rating.

Por todo esto, fueron capaces de hacernos vivir cuatro años atemorizados por crímenes y delitos que se mostraban repetidamente y por varias horas en la televisión, como también nos hicieron creer que el país se caía a pedazos, por lo que se requería un gobierno de emergencia.

Pues bien, ¿qué haremos para hacer resurgir el pensamiento crítico, la reflexión, la convivencia sana, los lazos de solidaridad? Desde ya, debemos mantenernos unidos, reforzar nuestras organizaciones y si están apagadas, levantarlas, como tantas veces   se ha hecho.

El Círculo de Periodistas de Santiago, la organización gremial más antigua del país, tiene abiertas las puertas para apoyar a los medios independientes que por ello carecen de recursos y así recuperar nuestras voces, retomar la conversación en torno a ideas, con el entusiasmo de la palabra, del humor finito, la simpatía de tantos, y seamos capaces de aglutinar distintas generaciones, démonos el espacio para pensar y actuar. Ya es tiempo.


[1] Actual Presidenta del Círculo de Periodistas

[2] Dirección Nacional de Informaciones del régimen de Pinochet.

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